No llorar
Nota: este texto tiene dos partes. La primera está disponible para todo el mundo y la segunda, más personal, sólo para suscriptores de pago.
Cuando tenía siete años mi papá llegó un día a mi escuela, en mitad de la clase, y me sacó del salón. Me dijo que había pasado algo y que teníamos que ir a la casa. Afuera de la escuela, de pronto, se puso a llorar. Me dijo que se había muerto mi perro. Lloramos los dos.
Más tarde me enteré de los detalles: al perro lo habían envenenado, probablemente una vecina del edificio. En ese punto, la tristeza se convirtió en rabia, y el llanto tomó otra forma, más desgarrada, más amarga.
No sé si esa fue la primera vez que vi llorar a mi papá, probablemente no, pero es una de las primeras que recuerdo. Le siguieron muchas: mi papá lloró siempre con naturalidad y hasta diría que con gusto. Yo aprendí imitándolo y, desde entonces, me acostumbré a llorar —quizás demasiado—. En eso, como en otras cosas, mi crianza se alejó ligeramente de la masculinidad mexicana tradicional, que tiene una relación más paradójica con el llanto: hay muchas canciones populares que insisten en que los hombres no lloran nunca, y luego presentan una situación en la que el sujeto enunciante no se pudo contener (en general por la traición de una mujer). El tequila suele aparecer, en esas canciones, como el elíxir mágico que posibilita la contravención de la regla, el desahogo. (Sobra decir que también he llorado bebiendo tequila por la traición de una mujer: nadie escapa totalmente a su contexto).
Una anécdota que se repite mucho en mi familia es cuando empecé a manejar en la Ciudad de México, a los dieciséis años. Encendía mi vochito blanco, salía al ancho mundo y a los cuarenta minutos llamaba por teléfono a mi mamá, llorando porque el tráfico me había derrotado. Me frustraba tanto manejar en la ciudad que empezaba a llorar, y como las lágrimas me impedían ver el camino, tenía que estacionarme hasta que se me pasaba un poco el sentimiento.

Uno de los lugares en donde más he llorado es en aviones. Tengo entendido que es muy común. Si googleas “llorar en aviones” aparecen decenas de artículos más o menos científicos que explican el fenómeno desde distintas disciplinas. Pero también es vergonzoso. Una vez iba yo solo, en el asiento de en medio, flanqueado por dos tipos que parecían metaleros, y se me ocurrió ponerme a ver Before Sunset (2004) de Richard Linklater. Lloré tanto que tuve que interrumpir la película e irme al baño un rato.
Aunque llorar está bien y es una facultad que no debería reprimirse, creo que a veces puede ser una forma de desviar una conversación o un conflicto que necesitan abordarse más de frente. También de eso he sido culpable: de usar el llanto para no pensar mucho en lo que hay debajo. Para evitar el detalle, la especificidad de un recuerdo o un sentimiento.
Hace unos cuatro o cinco meses, de pronto, dejé de llorar. No me di cuenta inmediatamente, pero un día pensé que llevaba mucho tiempo sin derramar lágrimas. No es que tuviera menos razones para el llanto: leí un par de poemas que en general me hacen efecto de inmediato y tampoco me pasó nada. Algo estaba mal con mis ojos, más bien. Dejé de usar lentes de contacto porque se me secaban mucho (dos veces, en lo que va del año, Alejandro Zambra me preguntó si había fumado mariguana antes de verlo), y empecé a usar gotas lubricantes con frecuencia.
Finalmente fui al oftalmólogo, que me revisó detenidamente y me dijo que me iba a hacer una prueba de Schirmer, que es algo que se ve así:
La prueba de Schirmer es muy molesta pero tiene algo muy divertido: te ponen unos papelitos milimetrados para medir la cantidad de lágrimas que se producen en cinco minutos. En mi caso, la prueba sirvió para empezar a perfilar el diagnóstico. Mi ojo izquierdo, me dijo el médico, no producía lágrimas. Y el derecho apenas había producido 4 mm de lágrimas, lo cual está muy por debajo de lo normal.
Después de preguntarme por mi historial médico (tengo cierta experiencia con las condiciones autoinmunes), el oftalmólogo me dijo que probablemente tenía Síndrome de Sjögren. Los análisis de laboratorio lo confirmaron después.
El Síndrome de Sjögren es un trastorno autoinmune en el que el propio cuerpo ataca y destruye las glándulas que producen las lágrimas y la saliva. Estadísticamente es más común en mujeres de más de cuarenta años y en pacientes que antes desarrollaron artritis reumatoide (mi caso) o lupus. No hay tratamiento, más allá de los inmunomoduladores que ya tomo para la AR y de gotas lubricantes que me cuestan un ojo de la cara (perdón por el chiste bobo).
El tema, claro, es que Konstantin Stanislavski, el gran teórico de la actuación, estaba equivocado. Según explica en El trabajo del actor sobre sí mismo, existe una prioridad del sentimiento interno sobre la expresión físcia del mismo. Es decir, el actor debe trabajar con su memoria y su imaginación y, a partir de ese trabajo, generar la expresión externa que dé cuenta de esas experiencias emocionales. Pero tiendo a creer que, en realidad, el teórico de la actuación polaco Jerzy Grotowski se acercó más a la verdad: muchas veces es la expresión física, el trabajo con el cuerpo, lo que desencadena una respuesta emocional.
En mi caso, la imposibilidad físcia de llorar me ha hecho muy difícil conectar con mis trsitezas profundas. Tengo constantemente una sensación de “estar trabado”. Siento como si hubiera dentro de mí un pozo y yo hiciera bajar una cubeta para sacar agua, pero la cubeta siguiera bajando y bajando sin llegar nunca a tocar el líquido. Es una sensación frustrante que ha trastocado mi vida mucho más de lo que hubiera sospechado. Uno de mis recursos más habituales se descompuso, y ahora tengo que aprender a vivir mi sentimentalidad de una manera totalmente distinta.
Pasé un par de semanas leyendo en foros de internet y en publicaciones científicas lo que me esperaba, angustiándome infinitamente por ello.
Luego pasó algo que cambió todo. Pero eso lo voy a poner como contenido de pago porque es más personal y he decidido empezar a hacer eso con algunos posts.
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