Repetición y variaciones
Apuntes sobre lo que estoy leyendo
Mientras que el mundo de la productividad insiste en los atajos, el mundo de la creatividad debe insistir en lo contrario: en seguir la ruta más larga posible. Estos son algunos apuntes al vuelo sobre los temas que he estado estudiando en las últimas semanas.
Al escribir, me interesa tardarme en la escritura. Tardarme tanto que quizás parezca que no existe el movimiento. Me imagino, por ejemplo, una versión escritural de la más famosa aporía de Zenón de Elea. Ya se sabe: Aquiles nunca alcanza a la tortuga, porque para alcanzarla, primero tendría que alcanzar el punto que está a medio camino entre él y la tortuga. Y para alcanzar ese punto medio primero tendría que alcanzar el punto medio hasta ese punto medio, etc.
Leer a Proust genera un efecto parecido al de pensar en la aporía de Aquiles y la tortuga. El final de la frase no llega nunca porque al interior de ésta se abren una serie infinita de frases parentéticas. Para llegar al final de En busca del tiempo perdido habría que llegar al final del primer volumen, etc.
Es decir, que en la escritura es posible una frase —o una trama— que no avanza hacia adelante, sino hacia adentro de sí misma.
Otra posibilidad de demorar la llegada es la repetición. Ya una vez escribí un poco sobre eso, aquí:
Pero ahora estoy estudiando la repetición más en serio. Primero me puse a leer a Kierkegaard, que tiene un ensayo titulado precisamente “La repetición”. Es genial y extrañísimo y habla mucho sobre el vínculo entre recordar y repetir. Según explica Deleuze, en Kierkegaard la repetición se opone a la antigua categoría de la reminiscencia. Si el recordar concierne al pasado, el repetir se ocupa del futuro: por la repetición, “el Olvido se convierte en potencia positiva, y el inconsciente, en inconsciente superior y positivo”. Es decir, que las cosas que olvidamos son las que se articulan como repeticiones. Por eso, trabajar con la repetición es definir los bordes de un olvido.
Para Funes, en el cuento de Borges, la repetición es imposible, porque no puede olvidar nada. Cada instante y cada objeto son de una individualidad total, impermeable a las abstracciones.
Esta es mi entrada favorita del diario de Witold Gombrowicz, el anti-Funes:
Viernes.
Fui a Ostende, una tienda de moda, y compré un par de zapatos amarillos que me resultaron demasiado estrechos. Volví a la tienda y los cambié por otro par de zapatos del mismo modelo y número, idénticos bajo todos los aspectos; me resultaron igualmente estrechos.
A veces me asombro conmigo mismo.
El olvido de Gombrowicz es la condición de posibilidad de su repetición, es decir de su genio (véase, si no, Cosmos, donde la repetición es potencia positiva, máquina de analogías: sombra que se cierne desde lo inmaterial sobre las cosas del mundo).
Ese también es el tema central de Más allá del principio del placer, donde Freud explica que los contenidos reprimidos que el paciente no logra recordar, emergen como acciones que se repiten. Pero que se repiten de otro modo.
En algún punto de su libro, Kierkegaard emprende una investigación vivencial para ver si es posible la repetición: decide ir a Berlín, a donde ya ha ido antes, para ver si al repetir el viaje aprende algo. y lo que aprende es que la única repetición es la imposibilidad de la repetición, pues en toda repetición existen variaciones.
Mi meta espiritual para mi década de los 40 es construir mi práctica de la repetición.
Por lo pronto, al escribir intento usar la repetición como método: escribo la misma historia (la misma novela) dos o tres veces. Es decir: literalmente escribo toda la novela varias veces, desde el principio hasta el final. En cada repetición aprendo algo sobre la historia, sobre los personajes, sobre la perspectiva. Y en cada versión, lo que aprendí ya no me sirve, porque la historia ha cambiado.
Henri Meschonnic, que elaboró la más completa teoría del ritmo en el lenguaje (“El ritmo es la organización o configuración del sujeto en su discurso”), dice que a los psicoanalistas les gustan los juegos de palabras porque entienden que en la rima hay un principio de razón.
Escribir no es avanzar, sino parar la oreja para escuchar las rimas secretas de una trama. Así, en cada reescritura intento acentuar alguna rima (literal o conceptual) del texto.
Pero la rima, como la repetición, tampoco existe, o no existe en el texto, sino en el lector. Escribir es tener fe en que la lectora le dé existencia a esas rimas. Fe en que, al leer, alguien encuentre un ritmo: una manera de configurarse como sujeto.





Tienes que ver “Volveréis” de Jonás Trueba!!!