Sin tema
Iguanas, aeropuertos, Séneca
No he escrito en esta bitácora desde hace mucho tiempo. Empecé varios posts, pero los abandoné a los dos párrafos. A las dos líneas. A veces después del título.
Hoy, mientras caminaba hacia mi casa en la Ciudad de México, se me paró una catarina en el dedo. (En otras partes les dicen mariquitas o vaquitas de San Antonio).
Después de un rato se echó a volar, y entonces pensé que no he estado escribiendo aquí porque intentaba escribir a partir de temas, y yo no escribo por temas. Es decir, empezaba un post pensando “voy a escribir sobre X o Y”, y casi de inmediato me aburría mi propia idea.
Esto no tiene ninguna relación con la catarina que se me posó en el dedo.
Tampoco esto: Estuve viajando mucho en las últimas tres semanas.
En Madrid presenté mi libro y di cinco o seis entrevistas. Dar entrevistas es horrible porque siempre me pongo nervioso y digo cosas que en realidad no opino. Y las que menos opino suelen ser las que eligen como encabezado. Pero es mi culpa. Debería no opinar nada, o bien opinar cosas tan descabelladas que nadie me tome demasiado en serio.
En Madrid, además, conocí a Elizabeth Duval ☀️ , que es inteligentísima y encantadora. Y cumplí con la misión de llevar un libro sobre satanismo, comprado en México, que Cristina Morales me pidió que le hiciera llegar con alguien.
Luego fui a Londres, donde comí fish&chips con Christina MacSweeney y participé en el V Festival de Cultura Queer en Español de Londres. Es un festival hermoso, pero confieso que al principio me ponía nervioso no ser lo suficientemente queer como para participar: como hombre bisexual, todo el tiempo siento que no soy lo suficientemente queer para espacios queer ni lo suficientemente hetero para espacios heteros (es decir, espacios con luz cenital blanca y humor burdo). Por supuesto que una vez ahí desaparecieron esas ideas idiotas.
Luego fui a Guadeloupe, en las Antillas Francesas. Vi muchas iguanas y asistí a una charla entre tres escritores franceses que parecían batirse en duelo con citas cultas de escritores franceses muertos. Fue un espectáculo triste. Por suerte, regresé con las iguanas después de aquello.
Luego fui a Saint-Martin, una isla de las Antillas que es mitad francesa y mitad holandesa. Ahí di una charla para unos alumnos de un liceo, pero la hice trilingüe, cambiando cada dos frases entre francés, inglés y español. No sé si alguien entendió algo, pero fue un experimento divertido.
En la FIL Guadalajara, dos días después, Paulina Flores me dijo que la “i latina” ha perdido mucha onda desde que la expropió el iPhone. Estuve de acuerdo. Dos horas antes de presentar mi libro, descubrí que había un stand del IMSS en la feria y aproveché para ponerme las vacunas de la influenza y del covid. Pensé ponerme también el refuerzo de la del tétanos, pero pensé que ya era un exceso, y a mí me gusta la moderación. Solo cuando caminaba hacia el salón donde iba a presentar Los nombres de mi padre me di cuenta de que el narrador y protagonista de mi novela se pone la vacuna del covid en el último capítulo del libro y luego sufre una fiebre medio alucinada en Central Park. Me pareció chistoso hacer lo mismo que mi personaje pero después. ¿Cuenta como autoficción si era ficción cuando lo escribí pero después hago todo lo que pasa en el libro? Habría que inventar una nueva etiqueta para enojarnos a gusto con ella: la autoficción proyectiva.
Mi vuelo de Guadalajara a la CDMX se retrasó varias horas. Me dio la 1 de la mañana en el aeropuerto y todavía no había noticias del vuelo. Caminé como alma en pena de un lado a otro, desesperado, hasta que en algún momento, a lo lejos, vi que alguien me saludaba: era luna. Yo no había dormido nada en 48 horas y no entendí qué estaba pasando. “¿Qué haces aquí?”, le pregunté, como si fuera un fantasma. “¿Cómo que qué hago aquí? Lo mismo que toda España”, me dijo, y siguió caminando.
Dos días después fui a Chile, donde Ariel Florencia Richards me hizo probar el helado de durazno y me llevó a ver un edificio brutalista con madera blanca que me gustó mucho. En Chile empecé a leer La vuelta al perro de Cynthia Rimsky, que me dio ganas de volver a escribir —pero sin tema. También vi en una cena a María Sonia Cristoff, que hace muchos años, en Buenos Aires, me dijo algo que me sacó de una especie de bloqueo creativo. Desde entonces, siempre que leo o que me encuentro a María Sonia siento que algo se reacomoda. Como si se me posara una catarina en un dedo.
En los aeropuertos y en los hoteles a veces traducía una novela sin puntuación narrada por un puma queer que vive a las afueras de Los Ángeles. Cuando no tenía ganas de traducir, escribía en mi cuaderno o leía The Portrait of a Lady, de Henry James, que sí tiene puntuación y, hasta donde voy, no está narrada por un felino.
Cuando regresé a México, borré Instagram de mi celular. Decidí que cada vez que tenga el impulso de abrir la aplicación voy a tocar la guitarra (si estoy en mi casa) o a mirar el vacío y pensar cosas (si estoy en la calle). No creo que dure mucho este propósito, pero un par de semanas de desintoxicación me vienen bien siempre.
La personalidad de mi perro cambió un poco mientras estuve de viaje. Ahora es más introspectivo.
No sé cómo terminar este post. Terminar las cosas me preocupa mucho porque he estado leyendo The Sense of an Ending: Studies in the Theory of Fiction, de Frank Kermode, que precisamente se trata sobre finales.
Hace unos años no leía teoría, ni filosofía. Estaba convencido de que me había vuelto idiota y de que nunca podría volver a entender un libro de teoría. Luego me puse a leer teoría sin preocuparme mucho por entender, y poco a poco fui entendiendo más y disfrutando más. Hace unos meses, empezaron a vender en los puestos de periódicos de la Ciudad de México una serie de libros editados por Gredos que lleva por título Grandes Pensadores (y el título es tan apropiado que no incluyeron ni una sola pensadora). Empezaron con Nietszche, Platón, Wittgenstein, Spinoza y Aristóteles. El señor del puesto de periódicos cerca de mi casa entendió que quiero “coleccionar” la serie, y ahora cuando me ve venir me grita: “¡Joven! ¡Le guardé a Séneca!”.
Me gusta que el vendedor de periódicos me trate de “joven”. Y que me guarde a Séneca.
En “Consolación a Marcia”, Séneca intenta dar consuelo a una mujer cuyo hijo ha muerto prematuramente. Después de numerosos argumentos, concluye: “Así pues, si la dicha mayor es no nacer, la más parecida, creo yo, es ser devueltos rápidamente a nuestro primitivo estado tras cumplir con una vida corta”.
No creo que Marcia se quedara muy contenta con el libro de Séneca. La próxima vez que vaya al puesto de periódicos, le preguntaré al vendedor qué piensa.




Cómo se siente escribir sin una idea fija? Cual es tu objetivo al escribir sin tema previsto? Te gusta el resultado? Lograste transmitir algo coherente. No lo dudo pero me gustaría escuchar tu propia opinión sobre ti mismo y el objetivo del artículo. Gracias—Lucía
Las mariquitas son de los insectos más longevos, algunas viven hasta tres años. Me lo contó mi hijo, que mide la importancia de los animales por su esperanza de vida. Me gusta leerte, es como ir de paseo en un barco.