Tallerear novela
Cosas que he ido aprendiendo al coordinar talleres
La semana pasada di un taller intensivo de novela como parte del Oregon Summer Workshop del McCormack Writing Center, en Portland. El taller tuvo lugar en el campus de Reed College, un lugar verdísimo, partido en dos por una cañada, lleno de conejos y de cuervos. Para ir a dar mi taller, tenía que cruzar todos los días un puente sobre esa cañada. El puente generaba un espacio creativo distinto: como atravesar el portal de una catedral en una ciudad ruidosa.
Me tocó un grupo de siete personas y cada una había mandado de antemano un adelanto de unas veinte páginas de su novela en proceso. Todos habíamos leído con antelación y los participantes habían escrito una carta de retroalimentación a cada uno de sus compañeros de grupo, lo cual ya sentaba las bases para una conversación más a profundidad.
Disfruté mucho el taller, las sesiones individuales con cada uno de los participantes y las conversaciones con otras talleristas que me contaron cómo estaban organizando ellas su tiempo de taller y las dinámicas de las sesiones. Desde hace unos meses, he estado pensando abrir un taller de novela por mi cuenta en la Ciudad de México (o en línea) y, por lo mismo, he estado conversando con diferentes escritoras para ver cómo lo hacen ellas. Sofia Balbu, en Madrid, me dio ideas muy buenas respecto a la organización por temas y lecturas para que el taller trace un arco general planteado de antemano. Emma Copley Eisenberg y Torrey Peters, en Portland, me dieron un par de tips geniales de cómo estimular una retroalimentación que vaya más allá del comentario impresionista o la celebración acrítica. Y Catherine Lacey me ayudó a pensar en formatos de taller que se distancian del tradicional “estilo Iowa”, donde el participante en turno tiene prohibido hablar mientras le asestan los comentarios.
Al dar este último taller, me di cuenta de que hay un montón de cosas que hago de manera más o menos inconsciente o automática al trabajar una novela, y que el ejercicio de compartirlas con alguien más me permite sistematizarlas un poco y pensarlas en relación a lo que estoy trabajando actualmente. En resumen: me di cuenta de que doy consejos muy buenos que yo mismo no sigo.
No sé si mis alumnos habrán quedado contentos con la semana intensiva de tallereo (supongo que sí, más o menos), pero yo desde luego aprendí mucho. Uno de mis alumnos me contó que, para revisar su novela, la copia entera, a mano, en un cuaderno nuevo, usando solo las páginas nones (el lado derecho del cuaderno) y dejando las pares (el lado izquierdo) en blanco. Luego utiliza esas páginas en blanco para ir añadiendo cosas, pues le interesa “trabajar sobre la densidad del texto”. Me pareció una idea genial, sobre todo porque el ejercicio de transcribir la novela a mano es ya una primera forma de edición, además de que implica, de algún modo, pasar el libro por el cuerpo.
Pasar el libro por el cuerpo también es lo que hago cuando, teniendo un borrador completo de una novela, la leo en voz alta para mí mismo. En esa lectura detecto cosas concernientes al ritmo y a la prosa, pero también hago algo más: pongo atención a las reacciones que el texto genera en mí: si me pongo nervioso o me aburro en algún pasaje, si me caliento o me da tristeza con alguna escena.
Leer en voz alta para los otros, aunque sea un fragmento de lo presentado, también es una de las dinámicas del taller que, aunque parezcan triviales, me parecen importantes. Es útil saber cómo interpreta cada escritor la partitura de su propio texto: qué velocidad se imagina y qué pausas introduce al leer que quizás no se corresponden de manera unívoca con la sintaxis.
Para los comentarios en el taller, me pareció útil sugerir que tuviéramos en cuenta algunas categorías o preguntas que podían ser útiles para describir el texto antes de comentarlo: ¿Qué está haciendo el autor en términos de representación del tiempo? ¿En términos de descripción del espacio? ¿Cuál es el punto de vista y cómo fluctúa? ¿Qué sucede aquí al nivel de la prosa o del uso del lenguaje? El ejercicio de describir lo que estamos leyendo puede ser más útil que lanzarse a calificarlo de inmediato, y creo que esas categorías son un punto de partida relevante para entender el texto en sus propios términos.
Pero claro, cuando se tallerea una novela siempre hay un aspecto hipotético o proyectivo, porque no tenemos el texto entero sino sólo un fragmento. Por eso, una parte fundamental del taller (que en Oregon trabajé en las sesiones individuales) tiene que ver con sostener conversaciones guiadas en torno a la posible estructura del libro. No es necesario que el participante conozca de antemano la estructura entera o el punto de llegada de la novela, pero sí creo que es útil tener una visualización tentativa de la estructura, como manera de orientar y organizar el deseo, de darle forma al impulso libidinal de la escritura. Esa visualización puede ser tan simple (un tríptico lineal) o tan compleja (un palimpsesto tridimensional) como se quiera, pero el ejercicio de comunicarla en el contexto del taller ayuda a abrir camino entre la espesura, a veces intransitable, de un libro en proceso.
En fin. No tengo conclusiones ni nada definitivo que decir sobre este tema. Sólo me pareció buena idea poner por escrito algunos de los descubrimientos metodológicos que he ido apuntando en los talleres de escritura que doy. Luego todo está sujeto a modificaciones, porque el taller es una conversación y su forma cambia según las personas involucradas. Un poco como el psicoanálisis, me imagino.



Si te animas a dar el taller y si es online me apunto desde Puerto Rico.
fue un placer conocerte la semana pasada y aprender de ti, incluso de manera informal. eso es una locura de proceso (respecto a escribir la novela a mano más de una vez) ¿muchos de tus alumnos en el taller hicieron el borrador al estilo de Lauren Groff? espera--¿tienes un proceso de redacción como el de ella? esto fue fascinante, gracias!